Hoy, en la Revista Digital Progreso Semanal, en su artículo “Cuba y las relaciones con su emigración“, el escritor y periodista Jesús Arboleya aborda un tema  de crucial importancia para Cuba y los cubanos en general, tanto si viven en la Isla como los que viven fuera. La prioridad número uno de todos en estos momentos está centrada en el Levantamiento del Bloqueo a Cuba, un movimiento que a nivel del pueblo está siendo liderado por NEMO (No Embargo Cuba Movement) un movimiento de masas, creado por el Dr. Manuel Tejeda – Director General de nuestro periódico, el Ing. José Oro – un Consultor Cubanoamericano y el Prof. Carlos Lazo, muy conocido a ambos lados del estrecho de la Florida por su iniciativa de Puentes de Amor.

Sin embargo, el día en que se logre esa gran meta y no exista más el bloqueo, la Nación Cubana, compuesta por todos sus hijos, vivan donde vivan y piensen como piensen, tendrá que abocarse a un proceso de eliminación de los daños provocados por seis décadas de crueles e injustas sanciones y la reconstrucción y ulterior desarrollo de la economía nacional. Es en ese contexto que vemos la relevancia del artículo de Arboleya, que reproducimos íntegramente abajo:

Existe un consenso bastante extendido en Cuba, de que el país está necesitado de una política encaminada a una progresiva integración de la emigración al funcionamiento de la nación y la satisfacción de sus metas de desarrollo. Ello constituye, por demás, un reclamo de la mayoría de las familias cubanas, afectadas por el desarraigo de muchos de sus hijos.

De igual manera, entre los emigrados es posible observar un apoyo mayoritario a todo aquello que signifique un mejoramiento de las relaciones con la sociedad cubana y diversas organizaciones, en muchos países, trabajan en este sentido. Sin embargo, no se trata de una meta sencilla, toda vez que contra este proceso conspira la acumulación de grandes confrontaciones, generadoras de odios e incomprensiones, que tienen su origen en el conflicto entre Cuba y Estados Unidos.

Por demás, habrá que superar la resistencia de la poderosa maquinaria de la extrema derecha cubanoamericana, encargada de alimentar estas contradicciones, con una significativa influencia en la política norteamericana y en las propias actitudes de los emigrados cubanos residentes en Estados Unidos. En estas circunstancias, al menos en la mayor parte de los casos, las relaciones de Cuba con su emigración no podrán ser construidas sobre bases doctrinales, más allá del respeto común a la independencia y soberanía de la nación.

Al margen del reconocimiento de los errores, excesos e injusticias que pueden haber sido cometidos en determinado momento, sería insensato suponer que, para lograr un entendimiento, los revolucionarios cubanos renieguen de una obra de la que se sienten orgullosos, entre otras cosas, por haber beneficiado a la mayoría de la población, incluso a buena parte de los actuales emigrados.

La emigración igual tendrá que revisar un comportamiento histórico que, con la excusa de la lucha contra el comunismo, ha servido de cobija a las peores agresiones contra su país de origen, pero no es de esperar que los emigrados modifiquen su ideología, cualquiera que esta sea, ni los criterios que determinan sus preferencias políticas, aunque se contrapongan con el régimen socialista cubano.

Se impone entonces la búsqueda de un diálogo que no se centre en las diferencias ideológicas y políticas, sino que esté basado en el respeto a posiciones muy diversas -por eso se llama diálogo-, con el objetivo de identificar áreas de interés y beneficio común, que consoliden en la práctica los vínculos posibles, bajo el prisma del bien para la nación.

Para Cuba, tiene una importancia estratégica promover la integración de la emigración a la vida del país y así atenuar sus impactos demográficos, sociales y económicos más negativos. También para los emigrados es vital el contacto permanente con la sociedad cubana, no solo por lo que significa el vínculo familiar, sino porque ello contribuye a su propia identidad y la de sus descendientes, especialmente los que radican en Estados Unidos.

La política cubana debe promover un sentido de pertenencia entre los emigrados que, además de lo sentimental y cultural, esté basado en un respaldo legal de su ciudadanía, así como en el acceso a beneficios sociales y económicos que resulten de la vinculación con Cuba. Sentirse protegidos por el sistema de salud cubano o la posibilidad de que jóvenes emigrados estudien en el país, ha sido una demanda histórica de diversos sectores de la emigración, que en la práctica quedó satisfecha para los que salieron del país a partir de las reformas a la ley migratoria de 2013, y que pudiera extenderse al resto.

De igual manera, hacer negocios en o con Cuba, o adquirir propiedades en el país, no puede ser visto como un favor de los emigrados, sino como una inversión mutuamente conveniente, que el gobierno debe proteger y los emigrados defender, en correspondencia con sus propios intereses.

Estimular el intercambio cultural y deportivo redundaría en beneficio de todos y contribuiría al patrimonio y el prestigio nacional. De igual manera, aportaría al mejoramiento de las relaciones, alentar la contribución de los emigrados a proyectos de beneficio social, sin que esto se perciba como una limosna vergonzante. El sentimiento de que es justo retribuir a la sociedad que contribuyó a su formación está presente en muchos emigrados y aceptarlo con dignidad, es un gesto que se agradece.

Esta realidad no puede ser construida “para los emigrados”, como a veces se ha intentado, sino que debe ser el resultado natural de las reformas económicas aprobadas en el país y su extensión a otros aspectos de la vida nacional.  De lo que se trata es de asumir una versión más inclusiva de la sociedad cubana, al margen de la política norteamericana y de las fuerzas que tratan de dividirla.

Aunque parezca una utopía, no es imposible, basta atender a nuestros jóvenes, donde quiera que vivan, para percibir una mirada distinta respecto al tema migratorio y las relaciones con la emigración.

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