Una y otra vez, trumpistas y testaferros del peor estrato de nuestra sociedad, nos pretenden acallar usando la dichosa farsa de la LIBERTAD DE EXPRESIÓN.

En Facebook y otras tribunas, los trumpistas reclaman constantemente su derecho a la libertad de expresión y exijen respeto a sus manifestaciones basados en el derecho a la diversidad de opinión y pensamiento. De una vez tenemos que desenmascarar el mal uso de este concepto.

La Libertad de Expresión es un Derecho, y los derechos existen en una sociedad donde:

1) los derechos no son de un ciudadano o de un grupo de estos, sino de todos; y

2) existe la ley y se respeta la ley.

Por tanto, el primer límite a la tan prostituida libertad de expresión es que usted no viole los derechos de los demás y el segundo es el respeto a la ley.

Usted puede pensar, e incluso decir “casi” lo que quiera sobre la Gobernadora de Michigan, por ejemplo, pero si usted bloquea el acceso y secuestra la Casa de Gobierno de Michigan armado hasta los dientes, usted está violando el derecho de acceso de otros, está poniendo en peligro la vida (principal derecho en una sociedad civilizada) y está violando la ley. Punto. Ahí ya no aplica la Libertad de Expresión.

En el párrafo anterior usamos la palabra “casi“. Y así es. Veamos: yo puedo pensar lo que quiera del presidente Trump y ¿decir todo lo que quiera de Trump? Pues CASI, ya que si se me ocurre decir que quisiera atentar contra su vida, o promover que otros lo hicieran, al momento tendría al FBI tocando a mi puerta y lo más seguro es que no me salve de un proceso judicial.

Y el “casi” también aplica cuando se trata de difamación, por lo que yo puedo decir lo que quiera de otra persona, pero si me llevan a la corte seré enjuiciado y posiblemente condenado.

También hay límites “cívicos” basados en normas de convivencia social. Yo puedo defecarme en la sala de mi casa, pero no en la entrada de Wallmart o en el lobby del restaurante al que fuí a comer con mi familia.

Y por último, aunque ni el análisis ni la lista estén completos, están los límites impuestos por la moral y los valores humanos comúnmente aceptados: estar a favor del Holocausto y las masacres hitlerianas, o de los ataques del 11 de Septiembre o del bombardero de Oklahoma, por citar sólo tres ejemplos, no es ejecutar su libertad de expresión, sino mostrar al mundo su absoluta falta de ética y de valores humanos.

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Trumpistas supremacistas blancos mostrando sus sucios traseros en Washington

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Salvando ciertas distancias, es en esencia lo mismo con respecto a quienes siguen apoyando a Trump luego de que más de 300,000 estadounidenses han muerto, en buena parte por su irresponsabilidad; después de que puso a niños en jaulas y los separó de sus padres; de que llamara a los soldados caídos en combate “imbéciles y perdedores” y se burlara de un impedido físico.

Después de que haya hecho hasta lo imposible por dejar a 20 millones de estadounideses sin seguro de salud; luego de que todos supimos que ha burlado durante años o décadas el deber social de pagar impuestos; de que dijera descaradamente que si eres famoso puedes agarrar a mi madre o la tuya, a mi hermana o la tuya, a mi esposa o la tuya y a mi hija o la tuya por donde se le pegue la gana.

O luego de que le diera millonarios recortes de impuestos a los más ricos y de que no ha hecho nada para que los millones de estadounidenses que están pasando hambre y con temor a perder sus techos tengan un segundo cheque de alivio; …después de miles de mentiras comprobadas y muchas, muchas más atrocidades.

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Niños inmigrantes en la frontera, criminalmente separados de sus padres.

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En todo caso, si alguien tiene la escasa catadura moral para seguir apoyándole, tiene que saber que se enfrentará al rechazo de la mayoría a su pérdida de valores y de moral, lo cual no significa, en lo absoluto, una agresión a la Libertad de Expresión o a la diversidad que hace más rica y fructífera nuestra interacción social.

Nadie puede impedir que esos indeseables se expresen como quieran, pues es un derecho refrendado por la Constitución, mientras no violen o agredan o pongan en peligro los derechos de los demás. Igualmente, nadie puede impedir que critiquemos y combatamos sus ideas y su plataforma ideológica con la fuerza y la razón que emanan de la decencia y la civilidad.

Nosotros no sólo tenemos el derecho a expresar también nuestras opiniones, sino a no respetar y rechazar opiniones que van contra la más elemental moral y decencia humana. Esto no es negociable.