Nerón tocaba el arpa mientras Roma ardía. Con Estados Unidos ardiendo al rojo vivo con el Covid-19, las tensiones raciales, la guerra política, una depresión económica y grandes incendios forestales, Donald Trump ha estado jugando al golf y ha agregado combustible a la furiosa conflagración.

Desde las elecciones, Trump ha avivado el fuego no solo con leña, como antes, sino con aceleradores. Incapaz de aceptar los resultados de la elección, no dispuesto a envolver su mente en lo impensable, siendo el perdedor por no menos de ocho millones de votos populares, quiere incinerar los cimientos mismos del sistema político estadounidense, la democracia misma, la legitimidad de las elecciones, la integridad de los Gobernadores de los estados, de los Secretarios de Estado –incluidos los republicanos–, y de la gente común que arriesgó sus vidas para contar las papeletas y tabular los resultados.

Après moi, le deluge”, dijo Luis XV, un rey francés que puede haber visto venir la Revolución. “Después de mí, el diluvio“. El deseo de Trump es más salvaje. Hay un bolero en español que lo captura aún más acertadamente. Se titula “Cenizas” y tiene un verso que dice: “Solo cenizas hallarás”.

Solo cenizas: las cenizas de las 400 000 personas que morirán del Covid-19 antes de que él abandone para siempre su búnker fortificado, gente que dijo que eso estaría muy bien porque el Covid-19 es un engaño de los medios demócratas y de la que nadie hablará después de la elección; las cenizas de árboles, casas y personas quemadas por incendios que se suponía que no debían ocurrir porque el calentamiento global es una invención socialista; y, si no tenemos suerte, las cenizas de los funcionarios públicos que dicen la verdad y que mientras escribo esto están recibiendo un tsunami de amenazas de muerte por parte de los incondicionales de Trump. También las cenizas de departamentos enteros de gobierno, de la decencia y de nuestra propia credibilidad en el mundo.

¿Está ardiendo París?”, preguntó Hitler al comandante militar nazi que controlaba esa ciudad antes de que el levantamiento de la Resistencia y la llegada de los aliados derrotaran a los alemanes. Al parecer, al menos un nazi no pudo seguir la orden de quemar la gloria que es París. Pero ahora un presidente estadounidense incendiario está tratando de encender una bola de fuego gigantesca a raíz de su propia derrota. Muchos en su propio gobierno se niegan a encender la llama.

La malicia de Trump persiste. Está enterrando minas listas para explotar cada vez que su sucesor dé un paso. Y no lo está haciendo todo él solo. Como los franceses después de la Segunda Guerra Mundial que creyeron en el mito que querían creer, que casi todas las personas eran patriotas que estaban del lado de la Resistencia y solo una pequeña minoría eran colaboradores, muchos moderados, liberales y republicanos reformados estadounidenses creen que los maníacos del MAGA de Trump son unos marginales lunáticos.

Lunáticos son, pero no marginales. Engañados o cómplices, abundaron los colaboradores en la Francia ocupada, y abundan aquí y ahora entre aquellos que están tratando de hacer posible facilitar un golpe de estado en nombre de la restauración democrática, robando unas elecciones mientras sostienen que están impidiendo “el robo”.

Según las encuestas y las consultas de los medios con miembros del Congreso de los Estados Unidos, una mayoría sustancial de republicanos cree en el espejismo del MAGA, tanto los votantes de base como los miembros del Congreso. A falta de pruebas para la creencia, con una enorme evidencia en contra de esa creencia, todavía creen. ¿Cómo es eso?

El sociólogo que soy piensa en las sectas del fin del mundo que estudié en mi posgrado, cuyas creencias de los miembros son más fuertes después de que el apocalipsis no ocurre en la fecha predicha por el líder de la secta. Los miembros del culto dirán que el mundo no se acabó porque ellos lo anunciaron. Los cultistas de Trump proclamaron que su hombre ganaría o, si no, la elección sería fraudulenta. Elaboraron un mapa mental dentro del cual de cualquier manera se confirmaría su creencia.

Pero estamos hablando de algo más grande aquí, la negación de la realidad por parte de todo un partido político compuesto por decenas de millones de personas que representan los sentimientos de casi la mitad de la población de una de las naciones más avanzadas del mundo. Este es un engaño colectivo en una escala más vasta que el culto Heaven’s Gate (Las Puertas del Cielo), cuyos miembros se suicidaron mientras esperaban ser recogidos por extraterrestres que los salvarían del fin del mundo.

Para los Magamaníacos, una paliza a Trump y una victoria de Biden y Harris sería el fin del mundo: el mundo suyo.

Creo que para los negadores de los resultados electorales de Maga, la historia es la siguiente.

Trump ganó. Él tenía que ganar. Todos los que conozco, todos con los que hablo, casi todos mis amigos, votaron por él. Fue muy popular. ¿Cómo iba a perder?

No perdió. Esta elección fue robada: por el Estado profundo, por el fantasma de Hugo Chávez, por los Demócratas pedófilos-caníbales. Por una vasta conspiración entre todos ellos. Por alguien. Por cualquiera.

Esta elección tiene que haber sido robada. No hay forma de que una elección presidencial en este país pueda ser decidida por los “otros”, no por los ciudadanos de los Estados Unidos verdaderos. No, la elección se decidió por los votos de los invisibles, los muertos, los extraterrestres. O, lo que equivale a lo mismo, por la gente no blanca, la gente negra y de piel oscura, que para ellos no son reales, ya que siempre han sido invisibles en los libros de texto de historia que se enseñan en la escuela primaria y que imprimieron en todos esos futuros votantes blancos no universitarios la imagen de quiénes somos, la imagen de los verdaderos estadounidenses: blancos, nativos y de habla inglesa.

Los verdaderos Estados Unidos no son las personas de piel oscura y negras que votaron por Biden en Filadelfia, Atlanta, Milwaukee, Tucson y ganaron Georgia, Pensilvania, Arizona y Wisconsin. ¿Quiénes son estas personas y qué están haciendo aquí?

En cualquier caso, no son los Estados Unidos verdaderos. Estados Unidos nunca se vio así antes, cuando era genial. Cualquier elección decidida por personas que no son estadounidenses reales es, por definición, ilegítima: un robo. Esta gente se está robando nuestro país, cambiando nuestro color de piel, traduciendo nuestra cultura, contaminando nuestra pureza monolingüística. No vamos a dejar que se salgan con la suya.

El fracaso de un gran sector del pueblo estadounidense en abrazar, o incluso aceptar como real, la transformación del país está en el centro del problema del negacionismo electoral. En el 2016, Trump les vendió la fantasía de que él podía revertir todo eso. El Muro era el símbolo de esa fantasía y se lo tragaron. Ahora están enojados porque no se pudo hacer. El Muro no se construyó. Los mexicanos no pagaron nada. No hay vuelta atrás a un Estados Unidos anglo, blanco como la leche.

La mezcla de fanatismo, racismo, etnocentrismo, ignorancia, credulidad e ira que se junta como negación electoral es altamente combustible. Existe una gran posibilidad de que las próximas semanas sean el período más horrible de nuestra vida, con el Covid-19 y luchas políticas, muerte y destrucción, alcanzando su punto máximo simultáneamente.

Los más matones de sus partidarios —y son más que unos pocos— tienen casi garantizado que intentarán detener una transición o, al menos, hacerla lo más violenta y difícil posible, con la aprobación entusiasta o, como mínimo tácita, del presidente. Todos los días hay un nuevo presagio de lo que podría suceder: el asedio de la Casa de Gobierno de Michigan, una oleada de amenazas de muerte a funcionarios electorales en estados indecisos ganados por Biden.

Reagan había imaginado la mañana en Estados Unidos. Trump, con su avivamiento de innumerables maneras del Covid-19, incluido el mitin sín usar mascaras que realizó recientemente en Georgia, y su incitación a la violencia mortífera, nos ha traído luto en Estados Unidos. Estamos en la cúspide de los 300,000 muertos y seguimos contando.

No podemos permitir que los maníacos de Maga reemplacen la voluntad del pueblo. Los golpes ocurren, incluso en países con una larga historia de democracia como Chile. Desde las elecciones, hemos sido testigos de un ensayo general de golpe de estado. La mayor parte ha sido retórica y no más que una farsa, pero también ha habido intimidación terrorista. No podemos permitirnos subestimar el frenesí de las personas que creen que Trump fue ungido por Dios.

Este es el momento de pensar en lo que haremos si Trump se niega a marcharse y, en cambio, llama al “verdadero” Estados Unidos para que se levante y se apodere de la calle.

Debemos reaccionar de manera inteligente, estratégica y contundentemente, sin miedo y de manera proactiva. Y, nunca, nunca de manera pusilánime.

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El arículo original, con el título de Farsa, fuerza y locura en la poselección” fue escrito por Max J. Castro y traducido por Germán Piniella para Progreso Semanal. La foto de portada es nuestra.