Recientemente publicamos en El Diario Latinoamericano un excelente artículo de investigación titulado: “Biden Debe Gran Parte de su Victoria a la Izquierda, sin Importar lo que Diga la Cúpula del Partido Demócrata” donde se destaca la participación de los progresistas en la victoria de Biden, quienes hicieron un extraordinario esfuerzo por derrocar a Trump y traer de regreso la decencia, sin poner por encima del país su descontento con el Comité Nacional Demócrata por lo sucedido en las primarias y por su negativa a abordar los problemas del país de una manera más directa.

Ese mismo artículo nos llama a la reflexión en torno a dos grandes cuestiones que tenemos que abordar con mucha seriedad:

* No se debe confundir a la cúpula del Partido Demócrata y, muy en particular a su Comité Nacional con la mayoría de los demócratas estadounidenses; y

* La división que se ha creado entre “radicales” y “moderados” es artificial, pretende mantenernos divididos y hacernos daño, y puede ser superada.

Trataremos de englobar las dos cuestiones en un breve análisis de las diferentes perspectivas.

Actualmente en EEUU, el Partido Republicano se ha decantado muy claramente como el partido de la oligarquía, defendiendo a capa y espada los intereses de la América Corporativa, del Gran Capital y Wall Street, de las Farmacéuticas, las Aseguradoras y los “turbios intereses” que se mueven detrás de todo esto. El gran problema es que parte de la cúpula del Partido Demócrata y no pocos Senadores y Congresistas que se postulan por ese partido hacen casi lo mismo, aunque de una forma menos directa, menos indecente, quizás.

Y hay una explicación lógica detrás de esto. En los Estados Unidos las elecciones no siempre las gana el que mejores propuestas tenga, sino el que más dinero recaude. Y ese dinero lo proporcionan masivamente las corporaciones, quienes lo ven como una inversión muy lucrativa que luego sus fieros cabilderos (de los que Washington DC, está lleno) se cobran con creces, dejándoles saber a nuestros representantes electos, sean de un partido o del otro, que o bien legislan a favor de sus intereses, o la próxima vez pondrán su dinero en sus oponentes.

Y ese es un ciclo que se repite año tras año, década tras década y seguirá así hasta que no logremos derogar la infame decisión de la Corte Suprema conocida como “Citizens United“, que reconoce el derecho de las corporaciones a la “libertad de expresión” y a bombear millones hacia los procesos electorales, garantizando la bochornosa participación de los grandes capitales en la política estadounidense, la que se programa y ejecuta a través de la participación directa y/o cómplice de los políticos de ambos partidos.

Por eso no avanzamos más. Por eso, cuando los Republicanos están en el poder promulgan leyes y promueven cambios que beneficien descaradamente a sus amos, los oligarcas. Y cuando los demócratas están en el poder, promulgan leyes y hacen cambios COSMÉTICOS que beneficien un poco a los trabajadores y la clase media, pero sin abordar la esencia de los problemas, para no incomodar mucho a sus amos, los oligarcas.

En su clásico buen manejo de la máxima “divide y vencerás“, la derecha ha sabido explotar una debilidad real de la izquierda, contraponiendo dos fracciones que tienen más de artificial que de real: los PROGRESISTAS (entre los cuales destaca Alexandria Ocasio-Cortéz), también llamados a veces “radicales“, “socialistas“, “comunistas” o de “extrema izquierda“; y los MODERADOS (a los que incorporan a Nancy Pelosi), quienes también suelen ser etiquetados como “DINOs” (demócratas sólo de nombre, por las siglas en inglés), “centristas“, “flojos” o incluso “conservadores“.

Durante las primarias del 2016 y estas recientes del 2020 los demócratas, liberales, amantes del progreso o simplemente defensores de los ideales de la justicia social nos enfrentamos ENTRE NOSOTROS mismos en torno a esas etiquetas, en vez de debatir en torno a los TEMAS y PROBLEMAS que azotan el país.

Hay que comenzar por desmontar dos grandes mitos: 1) ser “moderado” en la vida, en la política, en la economía o en el amor, es algo BUENO. Significa que la persona “sabe actuar sujeto a ciertas medidas y que no se va a los extremos, que sabe poner un freno cuando se necesita“. La mayor parte de las personas inteligentes que conozco en la izquierda (y muchos en la derecha) caben dentro de esa definición, por lo que casi todos seríamos “moderados“.

Y 2) ser “radical” en la vida, en la política, en la economía o en el amor no es nada MALO. No es sinónimo de “extremista” o “fundamentalista“. El término destaca la relación “con la raíz” de las cosas o los fenómenos. Significa que “afecta a la parte fundamental de una cosa de manera total o completa“. La mayor parte de las personas que conozco en la izquierda, incluso muchos para quienes llamarles radicales sería una ofensa mortal, aplican perfectamente dentro de esa definición.

La verdad es que todas las personas buenas e inteligentes que conozco somos “moderadas” y “radicales”, porque evitamos los extremos y tratamos de ir a la raíz, a la sustancia de la cosas. Sólo que en el espectro político o bien consciente o inconscientemente, directa o indirectamente, más abierta o más solapadamente, defendemos los intereses de la oligarquía (el 1%) y del 9% restante; o defendemos dentro de las mismas dicotomías de la oración anterior, los intereses de las clases media y trabajadora.

Si nos vamos con la primera opción, pues nos llaman “de derecha“. Si nos vamos con la segunda, nos llaman de “izquierda“. El famoso “centro” es una falacia, un comodín creado para estar bien con Dios y con el Diablo, para no buscarse problemas, o para lograr ciertos objetivos sin buscarse demasiados enemigos. Cada vez que he tenido la oportunidad de hablar largamente con un auto titulado “centrista“, primero pasa por reconocerse de “centro-derecha” o de “centro-izquierda“, y al final, cuando profundizas en su posición respecto a diversos temas cruciales, queda claro que es o bien de derecha o bien de izquierda, que está con “los de arriba” (los oligarcas y sus sectores más cercanos de la sociedad) o con “los de abajo“.

Algunos políticos, incluyendo nuestro reciente Presidente Electo, hablan mucho de “unificar el país” y eso está bien como parte de la retórica política, como un componente táctico y muy loable de tratar de frenar las tensiones y las peligrosas divisiones que la Administración Trump ha exacerbado en el país, pero todos sabemos que esa tarea tomará años y que quizás nunca se logre del todo.

Lo que los republicanos, lo que Trump y sus aliados están tratando de hacer, y continuarán haciendo con toda la fuerza de su dinero y su desverguenza, es UNIR A LA DERECHA, a todo el que sea de hecho, o pueda erigirse en, un defensor de los intereses de la oligarquía. Lo que nosotros tenemos que hacer de manera estratégica (y disminuyendo el protagonismo de muchos políticos demócratas que tambien dependen del dinero corporativo) es UNIR A LA IZQUIERDA.

Para ello, lo primero es reconocer que hay y siempre habrá matices, pero no porque seamos “radicales” o “moderados” (pues ya vimos que somos ambas cosas), sino porque somos seres humanos, con diferentes puntos de vista y diferentes perspectivas, pero podemos ponernos de acuerdo y luchar juntos por encontrar las soluciones que las mayorías trabajadores y las minorías necesitan. Y también es cierto que hay extremistas y fundamentalistas, pero son una minoría de golondrinas que no hacen una primavera.

Por sólo poner un ejemplo: si tus amigos consideran que la Salud y la Educación son un “privilegio” y mis amigos consideran que es un “derecho“, entonces no le busquemos la quinta pata al gato: unos están (aún si no lo reconocen) a favor de la oligarquía y otros a favor de la mayoría, sin importar si nos llaman o nos llamamos “diestros” o “siniestros“.

Otra cosa es que los que estemos a favor de considerarlas un derecho tengamos diferentes opiniones en los tiempos en que eso debe lograrse, en si deberían ser totalmente gratuitas (pagadas con nuestros impuestos) o si podría existir ciertas compensaciones o pagos según la escala económica de cada uno, y mil cuestiones más que debemos y podemos ir abordando constructivamente, pero todo gira alrededor de si son un derecho o un privilegio.

Y el mismo establecimiento de posiciones claras tenemos que lograrlo no respecto a términos como “izquierda” y “derecha” (aunque sabemos lo difícil que es no usarlos) o “moderados” y “radicales“, sino respecto a cuestiones esenciales como la preservación del Planeta y el medio ambiente; el salario digno; la participación del dinero en la política y muchas otras cuestiones que definen la supervivencia y el desarrollo futuro de nuestra nación.

Lo curioso es, -y ya con esto me acerco a poner punto final-, es que cuando dejas de usar “etiquetas” y comienzas a definir posiciones, te darás cuenta de que no pocos incluso de los que votaron por Trump podrían coincidir con nosotros en que de manera gradual y responsable hay que subir el salario mínimo hasta que se convierta en un “salario de vida“; en que hay que establecer controles sobre las armas y límites en las del alto poder destructivo; en que la única manera de no volar la única casa grande con que contamos es encontrando fuentes alternativas que sustituyan los combustibles fósiles, y por supuesto que estarían felices si tuviesen una cobertura médica totalmente ascequible y si sus hijos no tuvieran que endeudarse de por vida para ir a la Universidad.

Muchos. No todos. Pero vale la pena atraer más y más gente a nuestra plataforma, que sin tanta palabrería y definiciones pseudo académicas, simplemente representa la lucha por los ideales de justicia social que casi todos percibimos no sólo como justos, sino también necesarios.

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