En política, más que en cualquier otra faceta de la vida, ni todo lo que brilla es oro, ni todo lo que aparenta ser cierto lo es. Hay una línea muy delgada entre lo que parece ser la defensa del «bien común» y la demagogia que se mezcla con populismo para mantenerse en la posición que tiene o para asegurarse el poder que no posee.

En medio de todo ello, hay otra línea, aún más delgada y mucho más manipulada: entre la defensa de los derechos democráticos y la ingenuidad política… y es que si el poder representa a la mayoría (como casi todos los gobiernos proclaman), entonces junto a todos los demás derechos, la MAYORÍA tiene el DERECHO a defender su poder. De eso trata este incompleto artículo.

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El derecho a manifestarse es un sagrado derecho humano, consagrado en buena parte de las Constituciones avanzadas del mundo. El mismo parte de otros dos derechos fundamentales: el derecho a la libertad de expresión y el derecho a reunión.

La LIBERTAD DE EXPRESIÓN, o el derecho a decir lo que piensas, a expresarte libremente, es prácticamente ilimitado, excepto por dos factores que deben tenerse en cuenta: 1) puedes exponer libremente lo que piensas, respetando los derechos de las demás personas. Y, 2) si no lo haces apegándote a la verdad, puedes ser demandado, e incluso castigado legalmente, por calumnia y/o difamación.

Todo suena muy bonito, excepto que aquí tenemos DOS problemas: dado que los seres humanos vivimos por intereses (muy en particular en torno al poder), nunca nadie ha podido terminar de delimitar al 100% dónde terminan los derechos de una persona y dónde comienzan los derechos de las demás. Y cada grupo que apoya determinada posición política, tiene una relación especial hacia la verdad, la que muchas veces convierte en SU verdad.

Entonces, la cacareada «libertad de expresión» sigue siendo algo necesario, algo por lo que luchar, pero algo tan imperfecto como el ser humano mismo. Las leyes y las normas de convivencia social comunmente aceptadas en cada país han intentado dar forma a este fenómeno, que al final está en directa correlación con la «cultura política» de cada pueblo… otro concepto que depende de muchas variables y está muy matizado por la voluntad de ciertos grupos de hombres para mantener o alcanzar el poder.

El DERECHO A REUNIÓN parte de que cuando las personas quieren expresarse y hacerse oír, se asocian con otras con quienes comparten intereses comunes. Cuando este derecho se ejerce de forma pacífica y dentro del respeto a la ley y las demás personas, entonces estamos ante el DERECHO A MANIFESTARSE, el cual debe ser garantizado por todo estado, pues es la herramienta que tienen todas las personas para expresar su desacuerdo (o su acuerdo, y por eso también hay manifestaciones a favor del poder o de ciertas políticas), y para denunciar situaciones que les afectan y que no están siendo debidamente abordadas por el poder vigente.

Pero aún con las acotaciones que hicimos arriba respecto al derecho a expresarse libremente, hasta aquí todo sigue pareciendo muy sano, suena a democracia y nos dibuja imperfecta, pero sumariamente, lo que debe ser la sociedad moderna convencional y cómo deben ser las cosas en situaciones autóctonas de manifestación del estado de derecho.

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A partir de aquí comienza el problema, cuando el análisis está obligado a ir más allá de «lo convencional» y «lo autóctono«, sobre todo cuando hay una, o varias potencias extranjeras, atentando contra el poder de un país mucho más pequeño, en un modelo injerencista que se sale totalmente de lo convencional y lo autóctono, mismo que se ha manifestado en decenas de países alrededor del mundo, y muy específicamente en el momento actual en el caso de Cuba.

En los EEUU, los Republicanos se la pasan luchando por consagrar el poder de la oligarquía y las corporaciones; los demócratas por hacer las cosas un poco mejor y dar un poco más de beneficios a «los de abajo» sin incomodar mucho a «los de arriba«; los progresistas y los socialistas nos oponemos a ambos y luchamos abiertamente contra el capitalismo salvaje y la convicción de que un mundo mejor distribuido es posible; las mujeres y los gays, entre otros, luchan por los derechos que durante años les han sido negados; los negros y quienes les apoyamos luchan contra el racismo sistémico que aún les afecta integralmente en su vida cotidiana, y los latinos peleamos por alcanzar derechos que otros inmigrantes ya lograron en su momento, pero NADIE, NADIE, NINGUNA POTENCIA EXTRANJERA está invirtiendo MILLONES y MILLONES  de dólares y toneladas de inteligencia humana para DERROCAR el poder político estadounidense.

Entonces, cuando los estadounidenses reclamamos nuestro derecho a manifestarnos en EEUU lo hacemos dentro de una situación convencional (entre grupos de personas con diferentes intereses) y de manera totalmente autóctona, desde adentro, sin injerencias foráneas. Aún así, el poder político vigente (esté en manos de Republicanos o Demócratas) toma todo tipo de medidas para protegerse y limita, castiga o sanciona los delitos o las violaciones a las leyes o las normas de convivencia social que se desarrollan en las protestas, en algunos casos llegando incluso a limitar el ejercicio de derechos fundamentales. ¿Por qué sucede esto?

Porque todo poder político que representa a la mayoría (como el estadounidense que eligió al Congreso y a Biden con la mayoría de sus votos, y el cubano que refrendó su Constitución socialista con el 73% del padrón electoral y el 86.5% de las boletas emitidas) se abroga el SAGRADO DERECHO de proteger y preservar el PODER DE LA MAYORÍA.

¿Por qué si reconocemos esto en el caso de los Estados Unidos, pretendemos ignorarlo en el caso de otros países y muy específicamente de Cuba, donde a lo tradicional del fenómeno se suma una situación totalmente NO CONVENCIONAL y para nada AUTÓCTONA?

El descontento que sentimos en EEUU y expresamos a través de diversas manifestaciones está provocado exclusivamente por insuficiencias y/o ineficiencias del gobierno estadounidense. El de Cuba también está provocado por las insuficiencias e ineficiencias del gobierno cubano, pero NO SÓLO y no en SU MAYOR PARTE.

No se puede medir con el mismo rasero (y mucho menos tratar de ser más estricto en el juicio) con un gobierno que lleva más de 60 años operando en situaciones de asedio, con un férreo bloqueo que le corta o limita el acceso a fuentes de financiamiento, comercio y operación, que con gobiernos que operan en situaciones más o menos «convencionales» y que no tienen idea de lo que es el manido, llevado y traído, -pero muy cierto-, concepto de PLAZA SITIADA.

Por supuesto, con esto jamás estarán de acuerdo los que se oponen a la soberanía del pueblo cubano y a la legitimidad de su proceso, pero debemos tenerlo muy claro los que sí lo apoyamos y lo defendemos.

Quienes en Cuba pretenden aprovechar el derecho a manifestarse el próximo Noviembre se distinguen de los manifestantes estadounidenses de todas las denominaciones en que:

  • No han agotado todas las otras vías posibles de manifestación y protesta, e incluso, han ignorado explícitamente, o han rechazado implícitamente, algunas de las que tienen y se han puesto a su disposición.
  • Su verdadero objetivo no es resolver una situación de carencias o injusticias con respecto a algún grupo social determinado o la sociedad en su conjunto. Es la sustitución del poder político por un orden económico y una forma de gobierno diametralmente opuestos a lo que actualmente existe, exactamente por algo que fue revocado hace 62 años por una Revolución genuina y autóctona y que que ha sido rechazado por la MAYORÍA durante más de seis décadas.
  • Están financiados por la misma potencia y los mismos grupúsculos que durante esos casi 63 años han hecho hasta lo imposible, desde campañas mediáticas millonarias hasta actos terroristas y agresiones, para recuperar los beneficios perdidos por la oligarquía y sustituir el PODER DE LA MAYORÍA (ese que, repetimos, tiene el sagrado derecho de defenderse), por EL PODER DE LA MINORÍA.

Pudiéramos enumerar muchas otras diferencias, pero se haría muy largo el artículo y quedarían más zonas inconclusas requiriendo de oportunas aclaraciones. Baste esas tres para marcar un abismo que no admite ninguna oposición sensata y apegada a la verdad.

El gobierno cubano, sus líderes y el pueblo de Cuba aún tienen un importante camino que recorrer en torno a los derechos de expresión, reunión y manifestación, pero han de hacerlo partiendo de un singular «practicismo político» y no de romanticismos baratos, inspirados por marionetas y dramaturgos de dudosa filiación y leatades aún más dudosas.

Si entendemos esto, no será difícil comprender entonces por qué no podemos caer en la trampa de la «democracia» tal y como la promueve la cúpula gobernante estadounidense, la ultra derecha cubana en EEUU y sus lacayos en la Isla, que no son todos los que han sido llevados o sienten genuinamente el deseo de manifestarse, pero sí son los que llevan las riendas y ejecutan fielmente el plan de las verdaderas intenciones de la para nada autóctona anunciada protesta del 15 de Noviembre.

No enfrentar esto con todos los recursos de un estado, y con todas las fuerzas de quienes mayoritariamente apoyan el proyecto social cubano, sería una enorme INGENUIDAD POLÍTICA, que no sólo es en extremo peligrosa, sino que se paga muy caro, como se ha demostrado en tantos países que han sido víctimas del injerencismo neoliberal disfrazado de mensajero de «libertad» y «democracia».

A los que aún no lo capten en su total dimensión, nos permitimos recordarles que el célebre Ernest Hemingway, -un gran enamorado de Cuba y admirador de su proceso revolucionario,- definió  al ingenuo o idealista como «un hombre que, partiendo de que una rosa huele mejor que una col, deduce que una sopa de rosas tendría también mejor sabor«.

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