Por donde quiera que uno mire ve al estado de bienestar en decadencia. La revolución neoliberal de los 80, liderada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, con Friedrich Hayek y Milton Friedman como sus guías espirituales, ha destruido sistemáticamente los logros de años de lucha sindical y activismo ciudadano. He ahí la debilidad de la social-democracia, el paradigma liberal en el que habita y que, aunque no lo parezca a simple vista, la mantiene en una constante situación de plaza sitiada, al acecho de intereses económicos que no descansan, que no duermen.

El bienestar alcanzado en el mal llamado mundo occidental en los años posteriores a la segunda guerra mundial nos ha transformado en seres mediocres, en acomodados. Empotrados frente al televisor engordamos, dejando al estado – ¿al estado de bienestar? – ocuparse de asuntos que atañen a todos y cada uno de nosotros; nos hemos transformado en el sujeto gris que describió José Ingenieros. Una vez que tenemos salarios decentes, vivienda, acceso a la salud, la educación y al transporte, cansa asistir a reuniones sindicales, organizarse, mantener bien aceitado el engranaje cívico que defiende al bienestar del que disfrutamos. Decía el célebre púgil, campeón mundial de los medianos en la década del 80, Marvelous Marvin Hagler, que “cuesta levantarse a correr en las mañanas cuando se duerme en pijamas de seda“, haciendo referencia al hambre de superación que le provocaba la pobreza antes de llegar a la cima de su profesión; ain´t that the truth.

La constante degradación de lo alcanzado durante décadas de sacrificio nos trae al mundo actual, donde por primera vez en mucho tiempo los hijos heredan una situación peor que la de sus padres, mientras desde el mundo corporativo se reportan los mayores ingresos que se hayan visto jamás. Es esta la realidad de las primeras generaciones digitalizadas, las más informadas y más capacitadas para el manejo de dicha información que el mundo haya visto; son también las generaciones más conectadas, que pueden contar amigos en las diecisiete esquinas del universo, capaces de organizarse en un santiamén.

La capacidad de conectar, comunicar y organizar rápidamente ha logrado que la juventud actual pueda hacer manifiesta su insatisfacción. Ocupas, BLM y chalecos amarillos se han apoderado de las calles, organizado boicotts, y logrado algunas victorias políticas que no deben ser desestimadas; qué mejor prueba de ello que las olas de represión policial que han provocado. Ante el descontento público, los gobiernos responden del único modo en que pueden responder: con violencia y represión. Que no quepa duda: todo gobierno es un aparato represivo por definición, no importa cuán popular sea, más allá de sus discursos de sirena, incluso aquellos que se tildan de revolucionarios.

Ante la pujanza de esta juventud, conectada y organizada, las masas de seres mediocres se revelan en defensa de una comodidad que se ve afectada por el desorden del descontento. Seres grises, aburridos, sempiternos defensores del status quo, emergen transformados en líderes de la ley y el orden. Son los señoritos bien, herederos de una larga tradición de sátrapas al servicio del mejor postor, del único postor. Con ellos a la cabeza el rebaño se revela, acusando a insatisfechos, desafectos, y enajenados, de vagos y delincuentes. Un simple repaso de la historia revela que no es un fenómeno nuevo. Así ha sido siempre. Así será siempre, algunos dicen.

¿Y qué de los esfuerzos de los descontentos? Más allá de algunas victorias pequeñas, que por pequeñas no han de entenderse como insignificantes, poco más. En París, la toma de La Bastilla por los chalecos amarillos por emocionante que parezca, es poco más que un acto simbólico. La resistencia de los manifestantes en Portland y Seattle desvanece ante el acoso policial. Lo mismo ocurre en otras partes. El enfrentamiento constante al poder se vuelve insostenible, pronto todos tendremos que regresar a nuestros hogares, a nuestros empleos, a una vida que no pone la pausa a esperar por nuestras manifestaciones de desafecto. El “ancien régime” goza de excelente salud. Parecen tener razón aquellos que dicen que siempre será igual. Esa es la paradoja del presente; siempre se presenta inescapable, pero no lo es. Nos toca pensar en nuevas formas de lucha, cambiar el paradigma, imaginar una realidad distinta que esta que nos envuelve y nos limita.

Propongo que ha llegado el momento de reconsiderar al anarquismo ¿Pero está loco usted? se preguntarán algunos, asociando al anarquismo con el caos y el desorden. No es más que otra trampa del poder: resemantizar los significados para controlar al discurso. Entiéndase por anarquismo la ausencia de jerarquías, la descentralización del poder, la verdadera democracia, radical y representativa; la verdadera emancipación de los pueblos del poder que asfixia y mata: “I can´t breath” (“No Puedo Respirar”).

En Cuba, donde un gobierno revolucionario hace gala de una absoluta ineficiencia para todo menos la represión, ahora arremeten contra los coleros, personas que, según aquellos que mandan, acaparan los pocos productos destinados al consumo de la población, empeorando la ya desesperada situación de la ciudadanía. Mientras el gobierno destina sus pocos recursos y a sus instituciones para combatir a los coleros, la gente espera por nuevas medidas que nunca acaban de llegar o llegan demasiado tarde, siempre insuficientes; la apatía y la desesperanza parecen apoderarse de todo. El pueblo está a la espera, siempre a la espera, de algo que nunca acaba de ocurrir. No es una situación única de Cuba; así ocurre en todas partes, solo que cuando el mundo tose, la isla revolucionaria padece una neumonía.

La única solución es tomar las riendas, ignorar a los gobiernos, y crear entre todos vínculos sociales que nos ayuden a transformar nuestra realidad. Se hace necesaria una nueva revolución, pero esta vez desde abajo hacia arriba, sin seres grises que se crean pastores de rebaño. Ante la rebelión de las masas lideradas por hombres mediocres, los vínculos comunitarios de la gente que los sufre. De no ser así, como en el poema de Martin Niemöller: “un día vendrán por ti y ya será demasiado tarde“.