Si miramos las estadísticas, es fácil darnos cuenta de que, entre más de 200 países que hay en el mundo, Estados Unidos está entre los 5 con mayor cantidad de personas infectadas con el COVID-19 per capita. También estamos entre los 10 con más muertos per cápita. E insisto en esto porque algunas personas piensan que tenemos gran morbilidad y mortalidad porque nuestra población es de más de 330 millones de habitantes.

Pero no, esos números son per capita. Países como India o China, que tienen 4 veces la población de Estados Unidos, tienen solo una fracción de la morbilidad y la mortalidad que azota a este país. Sabemos que la lentitud del presidente anterior en prestarle atención a la pandemia como un problema grave, su empecinamiento en desautorizar las medidas de protección, como máscaras y distanciamiento social y su insistencia en promover la economía sobre la vida de las personas, es en gran medida la causa del fracaso de una potencia como Estados Unidos en enfrentar la pandemia con más efectividad.

Pero ahora que las soluciones están comenzando a aparecer; que se desarrollan nuevos medicamentos para combatir la enfermedad y se aprueban vacunas capaces de acabar con la pandemia, viene otro fantasma de la sociedad americana a interponerse en el camino: la ignorancia.

La propaganda religiosa falsa se ha adueñado de las redes sociales y de muchos templos religiosos, creando un rechazo generalizado a las soluciones desarrolladas por la ciencia para combatir el virus.

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La histeria religiosa comenzó cuando se estableció el uso obligatorio de las máscaras para entrar a tiendas de ropa, supermercados y otros sitios comerciales, debido a que alguien con gran influencia religiosa asoció el versículo bíblico de Apocalipsis 13:17 (…y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia…) y asumieron que la máscara; nuestra mejor protección contra el contagio y la propagación del virus, era “la marca de la bestia“. Eso desató las campañas “anti-mask” que todos conocemos y hemos vivido.

Después de la reciente aprobación y distribución de la vacuna, las teorías cambiaron. Algunas iglesias y ministerios cristianos con gran número de seguidores en línea, así como cristianos influyentes en Facebook, Instagram, TikTok, Twitter y YouTube, han comenzado a hacer afirmaciones falsas de que las vacunas contienen tejido fetal o microchips, o están construyendo asociaciones entre los ingredientes de la vacuna y el diablo. Otros hablan de cómo las vacunas contra el coronavirus contienen o anuncian la “marca de la bestia.

Las redes sociales usualmente censuran la diseminación de información falsa, pero son extremadamente cautelosos cuando se trata de desinformación proveniente de personalidades del mundo religioso; principalmente si son cristianos, por temor a las demandas sobre la libertad religiosa.

Esto plantea otro problema terrible en la lucha contra la pandemia, ya que en las encuestas más alentadoras, el 44% de los evangélicos blancos americanos dicen que no piensan o que definitivamente no van a vacunarse contra el coronavirus.

Si a esto le sumamos el rechazo de la comunidad afroamericana a vacunarse; que proviene de una razón más válida, ya que ellos fueron usados en el pasado para probar la efectividad y seguridad de otras vacunas antes de dárselas a los blancos y por otro lado la predisposición de la comunidad latina a creer en las teorías de conspiración, nos encontramos cuesta arriba en la lucha por lograr la inmunidad colectiva vacunando al menos al 70% de la población.

Si miramos al pasado y leemos la historia, veremos que todo esto no es algo nuevo. En los últimos 2 mil años la humanidad ha visto una y otra vez como se le atribuye a muchas señales el ser “la marca de la bestia” y a muchos personajes históricos el ser “el Anticristo” (el más reciente de ellos Barack Obama). Pero en esta ocasión se trata de una pandemia de proporciones mundiales y esas falsas teorías, en la era de la informática, ponen en peligro la vida de muchas personas.

Algunos proponen que se le dé libre camino a lo que llaman el “Darwinismo social“, que no es más que permitir que la selección natural actúe y mate a los débiles que decidieron no protegerse contra el virus. Pero eso me parece inhumano y pienso que los gobiernos y las grandes empresas que manejan la información, deberían hacer algo para tratar de salvar a estas personas de las consecuencias su propia ignorancia.