Cassius Marcellus Clay Jr., más conocido como Muhammad Alí, nació el 17 de enero de 1942 en Louisville, Kentucky, Estados Unidos. Casi todos conocemos que fue uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos, pero pocos sabemos que fue un ejemplo de lucha contra la guerra, el racismo sistémico y por los que menos tienen, causas que lamentablemente, 50 años después siguen estando vivas, y siguen necesitando de la fuerza arrolladora de «El Mejor«, como algunos le apodaban. Y de la tuya y la mía.

Muhammad nos enseño, en el cuadrilatero y en la vida, que la lucha ni es fácil ni es de un día, que requiere CONSTANCIA. «Odié cada minuto de entrenamiento, pero no paraba de repetirme: «No renuncies, sufre ahora y vive el resto de tu vida como un campeón«, fue una de sus grandes frases, convertida en mantra para sus seguidores. Nos mostró además que para lograr un CAMBIO hay que comenzar por cambiarse a uno mismo. Rompió con patrones del pasado y con convencionalismos de su época y se convirtió en un símbolo de libertad y de poder hacer la diferencia: «Cassius Clay es el nombre de un esclavo. No lo escogí. No lo quería. Yo soy Muhammad Alí, un hombre libre«.

Hoy cuando tantos se refugian en la pasividad, la indiferencia y el conformismo, no está demás recordar la CONVICCIÓN en sus ideales que nos legó Alí; la necesidad de decir las cosas como son, sin cortapisas y sin escapar a ningún lado ni permitir que los odiadores nos despojen de la capacidad de luchar cada día por lo que creemos justo y bueno. Cuando se negó a ir a la guerra de Vietnam no lo hizo por cobardía, como un sujeto anaranjado del cual aún no hemos podido desprendernos del todo, sino por una profunda convicción:

«Yo estoy esquivando el Servicio Militar. Yo no estoy quemando ninguna bandera. Yo no voy a huir a Canadá. Yo me quedo aquí. ¿Ustedes quieren enviarme a la cárcel? Bien, adelante. Yo llevo 400 años en la cárcel. Podría estar allí por cuatro o cinco más, pero no voy a viajar 10,000 millas para ayudar a asesinar y matar a otras personas pobres.

«Si quiero morir, moriré aquí, ahora mismo, peleando contra ustedes, si quiero morir. Ustedes son mi enemigo, no ningún chino, ningún vietcong, ningún japonés. Ustedes son mi oponente cuando quiero libertad. Ustedes son mi oponente cuando quiero justicia. Ustedes son mi oponente cuando quiero igualdad. ¿Quieren que vaya a algún lugar y luche por ustedes? Ni siquiera me defenderán aquí en Estados Unidos, por mis derechos y mis creencias religiosas. Ustedes ni siquiera harán algo por mí aquí mismo en casa».

Esa convicción le trajo como consecuencia perder sus licencias para boxear y que le despojaran de sus títulos de la AMB y la NYSAC, así como el rechazo y la incomprensión de muchos, pero fue tal su integridad y resistencia, que se ganó la admiración de casi todos y se transformó en un símbolo de lucha contra la guerra y del enfrentamiento del afroamericano al racismo, tanto como del hombre pobre contra quienes fomentan ese mismo racismo, la desigualdad y el desprecio a los que menos tienen. Nos enseñó que de los fracasos y las derrotas también se aprende:

«Sólo un hombre que sabe lo que se siente al ser derrotado puede llegar hasta el fondo de su alma y sacar lo que le queda de energía para ganar un combate que está igualado», remarcó luego de su primera derrota contra Joe Frazier (en la que muchos llamaron «La Pelea del Siglo«), cuya revancha logró 3 años después, pese a la desconfianza de fanáticos y expertos.

Hoy, cuando el racismo sistémico (que nos afecta por igual a nosotros los latinos) contra el que luchó Alí intenta levantar cabeza agazapado en el conservadurimo estadounidense y el movimiento MAGA; cuando el complejo militar industrial no cesa de promover la guerra como la principal fuente de ingresos de una minoría; cuando la avaricia corporativa sigue agrediendo el medio ambiente y reduciendo drásticamente la calidad de vida de las mayorías incluso en medio de una feroz pandemia, vale la pena recordar que «La Pelea del Siglo» del gran Muhammad sigue estando aquí, en la lucha cotidiana de cada uno de nosotros, para la que se alza como singular tesoro su sabia sentencia:

«Imposible es solo una palabra que utilizan los débiles que encuentran más fácil vivir en el mundo que les han dado, que querer explorar el poder que tienen para cambiarlo. Imposible no es un hecho. Es una opinión. Imposible no es una declaración. Es un desafío. Imposible es potencial. Imposible es temporal. NADA ES IMPOSIBLE».