Después de casi cuatro años de una gestión presidencial marcada por la impronta de Donald Trump, la política exterior y de seguridad nacional estadounidense basada en la concepción “America Primero” debe ser replanteada totalmente por el nuevo gobierno de Biden. De acuerdo con la plataforma del Partido Demócrata, como resultado de esta visión, la influencia y la reputación internacional de Estados Unidos está aniquilada, el país es menos seguro, la economía es más frágil y sus valores democráticos están en peligro.

A partir de esta situación, el establishment demócrata ha enfatizado que es imprescindible renovar el liderazgo americano en el escenario mundial. Durante la campaña presidencial, los asesores de política exterior y seguridad de Biden han identificado los impactos negativos de la proyección internacional de la Administración Trump.

Entre los principales sobresalen: daños severos a las relaciones con sus aliados y socios a nivel global; deterioro de la alianza trasatlántica; desconocimiento de las instituciones y tratados internacionales; limitaciones en la capacidad de enfrentar las amenazas transnacionales; distanciamiento en los temas de derechos humanos y fortalecimiento de los adversarios de Estados Unidos (principalmente China y Rusia).

Tomando como referencia este enfoque de los desafíos que tiene por delante el gobierno de Biden en el plano internacional, un reciente artículo en The New Yorker delineaba los “pilares” en que debería sustentarse la política exterior estadounidense a partir del 20 de enero del 2021.

Según esta perspectiva, debían enfocarse en: recomponer la alianza trasatlántica, considerada como una “poderosa herramienta” de alcance global; reparar de manera inmediata las relaciones con la OTAN; renovar el compromiso con las instituciones internacionales al reincorporarse al acuerdo de cambio climático, a la OMS, extender el tratado START con Rusia y retomar las negociaciones del acuerdo nuclear con Irán; así como priorizar los derechos humanos y ser más fuertes con los regímenes antidemocráticos.

Estos pilares ya están expresados como iniciativas a implementar en el principal documento de política divulgado por el equipo Biden-Harris después del 3 de noviembre. El texto titulado “La Administración Biden. Prioridades Políticas y Agenda del Primer Día”, constituye una guía que identifica las decisiones que tomaría de inmediato el nuevo gobierno demócrata en materia de política interna y exterior.

En este informe, además, se añade la siguiente formulación: “fortalecer los vínculos con otras naciones democráticas para contener a China y Rusia”, lo que evidencia la prioridad que tendrá la disputa geopolítica entre las grandes potencias.

Todo lo explicado anteriormente, se corresponde con intenciones, deseos y una visión que debe ser implementada. En el proceso de concretar estas líneas de acción, existen dos elementos fundamentales a tener en cuenta: las características del entorno internacional actual y perspectivo, así como la composición del equipo de política exterior y seguridad nacional de Biden que será el responsable de dirigir este esfuerzo.

Sobre el primer aspecto, un artículo del sitio web Politico destacaba tres ideas fundamentales: el mundo con el que tendrá que lidiar Biden es muy diferente al de sus tiempos como senador y como vicepresidente al de una época de pandemia; el concepto de que la prioridad es regresar el gobierno estadounidense a la “cabeza de la mesa” a escala internacional debe tener en cuenta que esa “mesa” se ha modificado profundamente y el fortalecimiento de China y Rusia han configurado un entorno mundial más competitivo donde los niveles de conflictividad se han incrementado.

Aunque estos son desafíos que debe enfrentar Estados Unidos para estar en capacidad de cumplir con sus prioridades internacionales, los principales obstáculos son de orden interno y tienen una fuerte repercusión en su política exterior. Las manifestaciones más visibles son: la crisis sanitaria, las problemáticas económicas, la profunda polarización social y política que, en términos prácticos, como refiere una investigación publicada en The Atlantic, “han convertido a la nación estadounidense en dos países”. Esto último se reflejó con claridad en los resultados de las elecciones con los casi 80 millones que votaron por Biden y más de 70 millones que apoyaron a Trump.

Con relación al equipo de política exterior y seguridad nacional, el pasado martes se anunciaron oficialmente una parte de sus miembros. En los casos de las nominaciones para Secretarios de Estado y Seguridad Interna, Embajadora ante la ONU y Directora de Inteligencia Nacional, requieren someterse al proceso de confirmación en el Senado. Las designaciones para Asesor de Seguridad Nacional y Enviado Especial para Clima, no exigen aprobación senatorial.

Para ocupar el cargo de Secretario de Estado fue propuesto Antony Blinken, quien ha trabajado con Biden desde hace más de 20 años y fue su asesor principal en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Es considerado una persona muy cercana al presidente electo. Es judío, tiene 58 años y es graduado de la Universidad de Harvard y de la escuela de derecho de Columbia. Entre 2015 y 2017 se desempeñó como Subsecretario de Estado y tuvo responsabilidades en temas como: la lucha contra el estado islámico, la estrategia hacia Asia, la crisis global de refugiados, la política hacia Siria y el conflicto en torno a Ucrania.

Según Politico, Blinken puede catalogarse como europeísta y multilateralista. Sus fuertes vínculos con Europa tienen su origen en que vivió una parte de su infancia y juventud en París. A partir de su perfil político, es previsible que se involucre personalmente en la recomposición de los deteriorados vínculos trasatlánticos y en el retorno de Estados Unidos a las instituciones y tratados internacionales. También se le atribuyen posiciones intervencionistas en el caso de Siria y ha declarado que “la fuerza puede ser un complemento necesario para una diplomacia efectiva”. Por esta razón, algunos medios lo catalogan como un “centrista pragmático”.

Como asesor de seguridad nacional, fue designado Jake Sullivan. Tiene 43 años, es graduado de la escuela de derecho de Yale y se desempeñó como asesor de Seguridad Nacional del entonces vicepresidente Biden. Será la segunda persona más joven en ocupar esta responsabilidad después de McGeorge Bundy, que tenía 41 años, durante la Administración Kennedy.

Sullivan tuvo un rol principal en las negociaciones secretas vinculadas al Acuerdo Nuclear con Irán y en las conversaciones que culminaron con el cese al fuego en Gaza en el 2012. Dada su experiencia, debe tener una participación directa en los temas vinculados al programa nuclear iraní y en los procesos que requieran negociaciones políticas de alta complejidad asociada a temas de seguridad internacional.

Para desempeñarse como Embajadora ante la ONU, fue nombrada Linda Thomas-Greenfield. Es una veterana en el servicio exterior con 35 años de experiencia, y entre el 2013 y 2017 ocupó la responsabilidad de Secretaria Asistente de Estado para Asuntos Africanos. Cumplió misiones diplomáticas en Liberia, Suiza, Pakistán, Kenya, Gambia, Nigeria y Jamaica. Su perfil y por ser afroamericana, pueden contribuir a proyectar una imagen de la diplomacia multilateral estadounidense más inclusiva y atemperada a la necesidad del nuevo gobierno de recuperar espacios de influencia en los mecanismos de las Naciones Unidas.

Como Directora de Inteligencia Nacional fue propuesta Avril Haines, de 51 años, quien durante la Administración Obama se desempeñó como Subdirectora de la CIA, siendo la primera mujer en ser nombrada para ese puesto. Entre el 2015 y 2017 ocupó el cargo de vice asesora de Seguridad Nacional. Haines trabajó entre el 2007 y 2008 para Biden, cuando fue el presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado.

Durante el primer mandato de Obama fue consejera en el Consejo de Seguridad Nacional y se enfocó en los aspectos legales de las operaciones de contraterrorismo. Es graduada de la Georgetown University. Desde su puesto es responsable de coordinar la elaboración del parte diario que recibe el presidente sobre los principales asuntos con impacto en la seguridad nacional.

La propuesta para Secretario de Seguridad Interna recayó en Alejandro Mayorkas, quien es el único cubanoamericano propuesto para miembro del gabinete de Biden. Nació en La Habana en 1959 y emigró con su familia hacia Estados Unidos cuando tenía un año. Es judío y se graduó de la Universidad de Berkeley en California. Se ha desempeñado durante más de 30 años como funcionario de aplicación de la ley y como abogado en el sector privado con reconocimiento nacional. Fue fiscal asistente en California especializado en delitos de cuello blanco.

Entre el 2009 y el 2013, se desempeñó como el Director del Servicio de Inmigración y Ciudadanía de Estados Unidos. A partir del segundo mandato de Obama, ocupó el cargo de Subsecretario del Departamento de Seguridad Interna. Desde esa responsabilidad, participó en la negociación de acuerdos en materia de ciberseguridad con contrapartes extranjeras, lideró los equipos de trabajo contra el Ébola y el Zika, así como creó el Directorado de Seguridad Nacional y Detección del Fraude para asegurar la integridad del sistema de inmigración. Se concentrará en coordinar la amplia reforma en materia migratoria que promoverá el gobierno de Biden.

Para el cargo de Enviado Especial para Clima fue designado John Kerry, quien es considerado el “arquitecto” del Acuerdo de Cambio Climático de París y lo suscribió a nombre de Estados Unidos. Desde su responsabilidad como Secretario de Estado, convirtió en una prioridad para la diplomacia estadounidense los temas vinculados con el medioambiente. Desde su salida del gobierno de Obama, ha estado involucrado en varias iniciativas que promueven la reducción de sustancias contaminantes.

Los miembros de este equipo muestran una diversidad de género, racial y generacional, lo que está en correspondencia con la intención de Biden de buscar la mayor representatividad posible en los cargos principales de su gobierno. Como elemento a destacar, todos ocuparon responsabilidades de alto perfil durante la Administración Obama y la mayoría tienen vínculos de trabajo con el presidente electo por más de 10 años.

En el contexto del anuncio de estas designaciones, Biden planteó: “necesito un equipo que el primer día me ayude a reclamar el asiento de Estados Unidos a la cabeza de la mesa, unir al mundo para enfrentar los grandes desafíos que tenemos y avanzar en nuestra seguridad, prosperidad y valores. Ese es el punto crucial de este equipo”.

Más allá de los objetivos y prioridades que pretenda alcanzar en materia de política exterior el nuevo gobierno de Biden, la situación interna de la nación estadounidense y las complejidades de un entorno internacional impactado severamente por el COVID-19 constituyen retos perdurables para la pretendida renovación del liderazgo americano.

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Artículo escrito por Rafael González Mora y publicado originalmente por Progreso Semanal, el cual reproducimos íntegramente incluyendo la foto de portada. Hemos hecho sólo algunas modificaciones de estilo y otras no esenciales para adaptarlo a nuestra audiencia. Gracias.