Cuatrocientas luces se  extienden a lo largo del Estanque de los Reflejos en el National Mall. Cada uno representa a mil personas en Estados Unidos que han muerto por el COVID-19. Es solo en su ausencia que tenemos espacio para reconocer a los muertos; pues no habría suficiente espacio al lado del estanque para que tanta gente se parase. Solo mediante símbolos podemos comprender la enormidad de lo que hemos perdido.

Si los vivos marcharan por el DC en igual número, el mar de personas sería tan grande como la  Marcha de Mujeres del DC en el 2017 o el doble del tamaño de la multitud en las fotos icónicas del discurso “Tengo un sueño” del Dr. King durante la  marcha en Washington  en 1963.

Es difícil comprender el silencio en torno a estas 400,000 muertes. Cuando  2,977 personas  murieron en los ataques del 11 de septiembre, la nación lamentó y se afligió, se quitó los zapatos en los aeropuertos, invadió dos países, formó nuevos departamentos de seguridad y vigilancia, desechó la mitad de nuestras libertades civiles y colocó banderas que conmemoran las vidas perdidas el 11 de septiembre en los aeropuertos de todo el país.

No existe una bandera lo suficientemente grande como para cubrir la vergüenza de nuestra incapacidad para limitar la propagación del COVID-19. Muchos de nosotros ni siquiera podemos tomar la acción más simple para respetar esta tragedia, ni siquiera usar una máscara para prevenir la propagación de la enfermedad. Hasta que se organizó el memorial de las luces a lo largo del Estanque de los Reflejos, no tuvimos el duelo oficial de la oficina más alta de la nación.

¿Por qué la muerte por pandemia es menos digna de nuestro dolor colectivo que la muerte por terrorismo?

No hay nación extranjera a la que acusar falsamente e invadir ilegalmente esta vez. Los culpables somos nosotros mismos, las mentiras de los políticos, nuestra credulidad y la propaganda de los medios de comunicación. Es doloroso pensar en todas las formas en que fallamos a nuestros conciudadanos en esta crisis.

¿Podemos labrar el espacio social para lamentar cómo algunos priorizaron los privilegios sobre las necesidades de otros? ¿Podemos discutir por qué algunos de nuestros conciudadanos sintieron que sus vacaciones y compras eran más importantes que la vida de otros? ¿Podemos lidiar con el crudo hecho de que los ricos y políticamente poderosos insistieron en seguir como de costumbre, obligaron a los trabajadores a regresar al trabajo y rechazaron el alivio económico que habría mantenido a cada familia segura y protegida, alimentada y abrigada?

¿Podemos soportar pensar, aunque sea por un momento, en 400,000 familias que lloran por la ausencia de una abuela, se duelen al notar la silla vacía de un ser querido, o lloran porque su hijo o hija fue privado demasiado pronto de su vida?

¿Podemos imaginar el dolor de las familias que perdieron dos, tres o más parientes a causa de esta pandemia?

¿Podemos reconocer las formas en que los pueblos negros, pardos e indígenas han visto arrancado el corazón de sus comunidades, dejando la sabiduría silenciada y los hablantes de idiomas perdidos?

¿Podemos recordar a los cientos de miles que todavía luchan por recuperarse de la enfermedad, luchando con el alivio de sobrevivir y la frustración, con el agotamiento que persiste en sus cuerpos durante meses después de ser dados de alta del hospital?

¿Podemos elogiar a los maestros que se opusieron a la reapertura apresurada de las escuelas y honrarlos por salvar a miles de escolares?

¿Podemos ofrecer un minuto de silencio por cada una de las 400,000 víctimas? Ese es un pensamiento embarazoso, ya que 400,000 minutos equivaldrían a nueve meses de silencio fantasmal.

Elegimos, como nación, a quién lloramos. Estas opciones no se ponderan por igual. Hemos utilizado nuestro duelo nacional para obtener beneficios políticos. Hemos utilizado el dolor para llevar a nuestro país a guerras ilegales. Mientras tanto, ignoramos el dolor de aquellos cuya opresión hace girar las ruedas de nuestra economía.

Consideramos que las pérdidas que sienten los grupos marginados son de alguna manera menos valiosas que las pérdidas que sienten los más privilegiados de nuestra sociedad. Decidimos por esas escalas ponderadas cuyas vidas merecen ser reconocidas, y quiénes deberían incluirse en una sola estadística que se ignora.

Cada vida, sin embargo, nace con el derecho inalienable de ser vista y escuchada, honrada y atesorada, extrañada y llorada cuando se pierde. No tener en cuenta las pérdidas que nuestra nación ha enfrentado a causa de esta pandemia es no estar a la altura de nuestra humanidad básica.

Los muertos merecen mucho más de lo que les hemos ofrecido a ellos y a sus familias. Estas pérdidas nos perseguirán durante los siglos venideros. Solo podemos esperar que en esta angustia, cambiemos la forma en que las vidas son contadas o descontadas y se pierden las almas. . . o tal vez se salven.