Nunca pararán de asombrarte estos tipos. Sí, como lo oyes. Las hordas trumpistas quizás no sepan que van a perder las elecciones, -tal y como no saben muchas cosas más-, pero Trump y aquellos a quien él conviene en el poder, sí lo saben y han arremetido muy fuerte con una campaña multimillonaria campaña de desinformación, confusión y desvío de la atención de lo más importante: que salgas a votar, no sólo contra Trump, sino contra todo lo que él representa.

Una vez que comprobaron que les salió mal toda la patraña que se inventaron alrededor del dichoso ordenador portatil de Hunter Biden (sobre el cual hace unos días El Diario Latinoamericano publicó “Todo lo Que Necesitas Saber…“), pues ahora, para lograr diseminar su veneno sin ser expulsado de grupos y muros digitales de personas decentes y comprometidas con el futuro del país, su nueva narrativa es que “si les criticas, no estás respetando la diversidad de opinión“, “si les bloqueas o les excluyes, estás violando su libertad de expresión“, y “si los tratas como se merecen, pues les estás ofendiendo y el indecente eres tú“.

En un alarde de estupidez y arrogancia, ellos no sólo pretenden descarada y descarnadamente que te olvides que es precisamente ese líder que siguen y veneran quien ha convertido la indecencia; el minimizar y tratar de humillar a la gente con nombretes; y el irrespeto generalizado a las mujeres, los minusválidos, las minorías y a todo el que no piense como él en la “nueva normalidad“. No. También se escudan en esa gran Primera Enmienda a la Constitución para hacer pasar el odio, el racismo, la división y la normalización de la ignonimia como una libertad individual. Veamos hasta dónde aplica ese principio.

En términos muy generales, la “libertad de expresión” es el derecho a expresar y defender lo que cada uno piensa sobre los más disímiles aspectos y a que los demás “respeten tu opinión y tu derecho a expresarla” aún cuando no coincidan contigo. En este sentido, los partidarios de Trump tendrían un punto válido para sustentar sus exigencias, a no ser porque se olvidan de DOS COSAS:

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PRIMERO: todo lo que lleves al extremo, puede sonar como, y convertirse, en una estupidez: si tú tienes el derecho de apoyar a un hombre que afirma que puede agarrar a tu madre y la mía, a tu esposa y la mía, a tu hija y la mía o a tu hermana y la mía por la vagina sin su consentimiento, pues yo tengo todo el derecho a llamarte degenerado y otras “linduras” adicionales, por lo que por ese camino no llegaremos a ningún lugar, excepto a un enfrentamiento poco civilizado que a nadie aportaría valor.

SEGUNDO: como cualquier otra “libertad“, la de expresión también tiene límites, y termina allí donde comienza a afectar las libertades individuales, los derechos y el bienestar de los demás. Si estás dentro de tu casa, es posible que parte de tu libertad sea defecarte en el comedor, pero te aseguro que no tienes la libertad de hacerlo en el salón del restaurante donde otras personas estén comiendo. La libertad no es infinita: la sociedad le pone ciertos límites para garantizar que todos disfrutemos del máximo de la misma en iguales proporciones. Eres libre de que yo no te guste, pero no de golpearme; como no eres libre de manejar borracho, por el daño potencial que puedes causar a otros.

En el caso específico de la libertad de expresión, pues puede no gustarnos como piensan o lo que dicen los trumpistas, pero nuestra Constitución les garantiza el derecho a hacerlo y eso es lo que tenemos que respetar. Al igual que es nuestro derecho (amparado también por la misma Constitución) el llamarles “deplorables” y otros calificativos no tan amables, dado que en el caso específico de Trump y secuaces, no se trata de puntos de vista políticos. Es nuestro derecho expulsarles de nuestros muros y grupos de las redes sociales, e incluso de nuestras vidas, si no queremos compartir los escasos minutos de cada día con personas que han elegido apoyar lo más negativo e inapropiado de las conductas humanas.

Si alguien hoy aún apoya a Trump, lo que está realmente haciendo es una declaración de apoyo al racismo sistémico, a la discriminación, a la supremacía blanca, a encerrar niños en jaulas y separarlos de los padres, a dignificar la burla a los minusválidos, a dejar a 20 millones de personas sin cobertura médica y a otros 70 millones sin poder pagar los onerosos costos de tratamientos y medicamentos; a los ataques irreversibles al medio ambiente y la evitable muerte de buena parte de los 235,000 estadounidenses que hoy ya no están con nosotros por el mal manejo de la pandemia por parte de Trump y su descarado intento de ocultar la verdad para no afectar su reelección (dicho por él mismo en una grabación que casi todos hemos escuchado).

Yo tengo familiares y amigos que apoyaron a Reagan y a Bush, que son republicanos, o quien sabe qué. También tengo familiares y amigos comunistas, que apoyan la propiedad social y el partido único. Estoy en desacuerdo con ellos, pero les respeto su opinión por mucho que difiera de la mía. Eso se llama coexistencia dentro de la diversidad.

Pero no tengo familiares ni amigos que simpaticen con Hitler, con los supremacistas blancos o los neo fascistas. No quiero tener entre mis amistades (o entre los familiares con los que mantengo una buena relación) a quienes apoyen matar a mi madre de hambre en Cuba para satisfacer turbios intereses políticos que han fracasado por más de 60 años. O quienes inciten a la brutalidad policial contra las personas de color, o que consideren a los mexicanos y latinos en general como asesinos y violadores, o que les parezca bien (o “aceptable”) llamar a los soldados caídos en combate “estúpidos” y “perdedores“… y una larga lista más.

No, la lucha contra el trumpismo no es contra una ideología diversa o diferente a la mía, sino contra lo más execrable de las miserias humanas. Contra un retroceso en el progreso y el desarrollo humano. Contra la peor agresión a los valores comunmente aceptados por la humanidad.

Incluso, puedo entender y respetar la posición de los que votaron por Trump en el 2016, cuando se pensó que podía ser una opción al pantano alimentado durante siglos por republicanos y demócratas, pero después de 4 años de ignonimia, mentiras e irresponsabilidades, votar por Trump ahora no es una opción democrática. Es una elección fascista. No se trata de la libertad de tener una opinión diferente, sino de la cuestionable libertad de escoger la inmoralidad como bandera de pensamiento y acción.

No dejo de reconocer que entre los trumpistas hay mucha gente a las que no puedes llamar “estúpidos“. Por el contrario, algunos son personas con un alto nivel de educación e información, pero con valores retorcidos por la codicia y con una agenda supeditada a sus intereses personales y/o empresariales que para nada coinciden con los de la mayoría de la población. En ese caso no es la estupidez las que los mueve, sino la MALDAD y la AVARICIA. Son culpables no sólo de complicidad, sino de participación y activismo consecuente.

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También está el otro extremo, personas quizás buenas por naturaleza, pero con un nivel de desinformación tal, que han permitido que les laven el cerebro al extremo de apoyar cosas que, ante todo, los afectan a ellos mismos. Si bien pueden no aplicar bajo el calificativo de “culpables“, son igual de cómplices de la ignonimia que estamos viviendo y responsables individualmente de no informarse lo suficiente en una época en que los datos y los hechos están al alcance de todos si consultamos fuentes diversas y no nos amarramos a Fox News o al Canal 41 de la TV de Miami o sus similares en otros estados.

En fin, como magistralmente escribiera Ernesto Morales en Facebook: “el problema es que esta vez no estamos ante una elección política, lo he dicho antes. Es un plebiscito a la moral y la decencia… Es demasiado sencillo elegir la opción más racional“. Y continuaba: “Si tú apoyaste el Tercer Reich en la Alemania nazi no esperes que yo te respete tu credo. Sencillamente eres una enorme montaña de escoria no respetable. Y si aplaudes y lanzas vítores contra un sociópata que expulsa a periodistas incómodos y se burla de menstruaciones o del peso corporal de una linda mujer, conmigo no cuentes para fingir que respeto tu impúdica indecencia“.

El derecho a tener una opinión diferente y expresarla, está avalado por la Constitución. El derecho a que te respeten esa opinión, se gana. Y se subordina a valores morales que están por encima de la simple elección individual, pues forman parte de un código de conducta social, muy imperfecto aún, pero que se ha venido perfilando y desarrollando por siglos de luchas y grandes conquistas sociales. Trump y el trumpismo no entran en esa ecuación. Estás sobre aviso.

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