Bajo el título de La Represión Innombrable y publicado en el diario mexicano La Razón, una reciente columna del historiador cubano Rafael Rojas alude a un imperante silencio en cuanto a las violaciones de derechos humanos en su país de origen. Rojas parece inspirado por un comunicado de la directiva de la Latin American Studies Association (LASA) del 29 de Mayo, donde expresa preocupación por “el trato que reciben académicos y académicas, intelectuales y artistas en Cuba”.

En el mismo comunicado, LASA también expresó que “deplora la continuación de las sanciones impuestas por Estados Unidos en su intento de derrocar al gobierno de una nación soberana”. La naturaleza desapasionada y poco específica de esta declaración, inquietó a Rojas al punto de escribir el día siguiente en twitter que “es bueno que LASA llame al fin del embargo. Pero no es buena la vaguedad con que se pronuncia sobre violaciones concretas a derechos humanos”.

Mi respuesta a su discriminante indignación dio lugar a lo más parecido a un debate que se pueda lograr en Twitter entre el autor y yo. Si bien el evidente sesgo de su tweet pudo parecerme un descuido desafortunado, la columna apunta a una irresponsabilidad premeditada que reclama una denuncia precisa.

La represión en contra de artistas e intelectuales jóvenes, la mayoría agrupados alrededor del Movimiento San Isidro y del 27N, provoca la radicalización de los mismos, lo que provoca el aumento de la represión; una retroalimentación insostenible que, según Rojas, se puede contener si el gobierno cubano encuentra una forma de satisfacer las demandas de estos jóvenes. Pero esto no puede suceder, nos dice, porque “no es ése, por lo visto, el objetivo del gobierno cubano”.

Seguro esta afirmación no quiere decir que Rojas tenga acceso a la intencionalidad del gobierno, algo imposible para el resto de los mortales, y en realidad se trata de una opinión fuertemente arraigada. “La finalidad es renovar casuísticamente la nómina de los enemigos para promover un deslinde político entre leales y desleales al sistema”. Y es así como, por acto de magia, Rafael Rojas convierte una especulación en una verdad establecida. No hay fuentes ni argumentación, solo una violación retórica.

Rojas necesita imponer esa verdad, porque su tesis es que Cuba hace esto para presionar y así, por la fuerza, lograr que predomine “la reticencia a hablar de represión en Cuba”. Es por que la represión en Cuba es innombrable. Es por eso que la declaración de LASA es ambigua. Hay un temor a ser declarado desleal por La Habana: temor que él ha superado.

Lo preocupante aquí es que Rafael Rojas no sienta temor alguno para exponerse en público de esta manera. Da pavor la ausencia de pudor. Se esperan argumentos totalizantes, afirmaciones absolutas, falta de argumentación, análisis facilistas de un meme, de una conversación con un fulano o una fulana en un bar, pero no de un intelectual serio, mucho menos de uno que goza del alcance mediático de Rafael Rojas.

En esta versión panfletaria de los hechos, la compleja situación de Cuba queda reducida a que así son las cosas porque así lo quiere el gobierno. Desde el prisma de Rojas, todo es parte de un plan para forzar a una elección binaria de bandos, los buenos y los malos, los unos y los otros. Más o menos así como él mismo hace cuando habla de la reticencia de “la prensa latinoamericana aliada de La Habana”.

Con un par de oraciones desestima a un tercio de mi biblioteca. Cualquier mención de agresión a Cuba por parte de Estados Unidos, en este evangelio según San Rafael, no es más que una excusa para esconder el miedo a nombrar la represión en Cuba. Algo que merece el mismo caso que se le daba fuera de España al discurso franquista de una conspiración judeo-masónica-comunista. Es un discurso tan insólito que parece pensado como si solo se tratara de un juego, de una competencia de debate, donde lo importante no es el hallazgo de consenso o de respuestas, sino ganar el argumento.

Quiero dejar bien claro que esto no es un ataque a Rafael Rojas. Son muchos los intelectuales y académicos que he visto utilizar su posición para validar un discurso que no se sostiene al escrutinio. Es una irresponsabilidad imperdonable que en quienes recae la tarea de promover el pensamiento crítico, usen su privilegio a la ligera.

No es posible que personas que han entrenado toda su vida para reconocer las trampas del discurso y los baches de la ideología, se cieguen de una manera tan selectiva. Tiene razón Rojas cuando dice que la represión en Cuba es innombrable. Si se trata de nombrarla para que otros la utilicen con fines tan mezquinos, yo no puedo.